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Cuento de la Princesa Valiente y el árbol sin frutos

La Princesa Valiente y el árbol sin frutos

La Princesa Valiente es una princesa muy guapa, muy buena y muy lista que vive en un castillo. Tiene el pelo rosa. Su caballo se llama Filomeno y es blanco, pero también pintado de rosa. De hecho, cuando llueve, Filomeno se destiñe y hay que volver a pintarlo de rosa. La Princesa Valiente cuidaba de su huerto con mucho cariño. En su centro había un árbol sin frutos más pequeño que los demás y era motivo de burla para ellos.

Los  árboles del huerto eran altos y robustos, con bonitas frutas de colores: los limones, las naranjas, las ciruelas, los melocotones… Pero el árbol del centro era pequeño, con las ramas delgadas y no tenía ninguna fruta que lo adornara con sus colores. Nadie sabía quién lo plantó allí o si trajo su semilla algún pajarito despistado.

Habría sido un árbol triste sufriendo a los demás árboles riéndose de él. Si no fuera porque era el preferido de la Princesa Valiente, que lo cuidaba con especial cariño. Los demás árboles envidiaban el esmero con el que lo podaba la Princesa, las palabras bonitas que le decía cuando lo regaba y las caricias a su delgado tronco mientras le quitaba las hojas secas.

La Princesa Valiente le decía que algún día sería un gran árbol que daría sombra a todo el huerto y que el perfume de sus flores llegaría a todas las habitaciones del castillo. El árbol sin frutos, gracias al cariño de la princesa, cada día ganaba confianza, aunque fuera pequeño y sus ramas delgadas. Y ya no le importaba que los árboles con frutas se riéran de él. Creía en las palabras de la Princesa.

Entonces, hubo un invierno especialmente gris. Había tanta niebla continuamente que ni siquiera los árboles que se encontraban al lado se podían ver. Cuando llegó la primavera y miraron al centro del huerto ya no estaba el pequeño árbol sin frutos. En su lugar, había un árbol gigante con unas flores preciosas que te alegraban con sólo mirarlo.

La Princesa Valiente salto de alegría al ver al gran Magnolio que había sido sembrado por su padre el día que ella nació. Había sido la única que había confiado en que algún día se convirtiera en el árbol que ahora era. Pero gracias a esa confianza, ahora era el árbol más bonito de todo el huerto. Aunque no tuviera fruta, alegraba a todos con sus bonitas flores, su grandeza y su olor.

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